CIENCIA DE LA POLÍTICA

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La ciencia del poder y el arte de gobernar

La modernización del Estado en Chile: proyectos, paradigmas y tendencias futuras

Este ensayo tiene por objeto intelectual proponer un análisis crítico del actual proceso de reforma y modernización del Estado en Chile, desde una perspectiva multidisciplinaria de la Ciencia Política, de la Ciencia de las Políticas y de la disciplina Prospectiva.

Se describen los lineamientos estratégicos del proyecto, los objetivos y algunos aspectos de su implementación a la luz de sus resultados, para concluir con un análisis prospectivo de las principales tendencias futuras de cambio en la esfera de la gestión pública.

 Como consecuencia de un conjunto de transformaciones socio-culturales, económicas y políticas en el mundo,  asistimos -en los inicios del siglo xxi y de su segundo decenio- a un cambio fundamental de paradigma en materia de gestión pública y de administración del Estado: globalización de los flujos e intercambios, masificación de las TICS y de la información, extensión de una cultura moderna y post-moderna, surgimiento de nuevas formas de ciudadanía, relativización de las soberanías nacionales y de las fronteras estatales, deterioro de la legitimidad del Estado y los sistemas políticos, mayor conciencia crítica de los ciudadanos respecto de sus derechos y posibilidades.

 Los cambios socio-culturales que ha experimentado la sociedad contemporánea, apuntan a un cuestionamiento de la eficacia del Estado y de la función pública frente a una ciudadanía cada vez más diversa, más crítica y más exigente. 

 El conjunto de la relación Estado-ciudadanía está cambiando.  Cambia la sociedad, cambia la cultura, cambia el Estado y necesariamente debe cambiar la función pública.

 Por lo tanto, los grandes supuestos y premisas de la modernización del Estado emprendida en Chile desde principios de la década de los años 90 y que resulta una reinterpretación y adaptación del modelo británico de modernización de la gestión estatal, proveniente del paradigma y la experiencia tatcheriana en la década de los 80, merece hoy ser reconsiderada y reevaluada. 

 Aquí adoptamos dos enfoques metodológicos complementarios e interdependientes: el punto de vista teórico y conceptual proveniente de la Ciencia Política -que aporta una lectura interpretativa de las instituciones y de los procesos políticos y de gestión desde la perspectiva de su impacto e interrelación con el resto de la sociedad- y el punto de vista de la disciplina Prospectiva que contribuye situando los fenómenos y procesos dentro de un lógica de la larga línea del tiempo y propone examinar las tendencias actuales en función de escenarios y proyecciones de futuro.

Punta Arenas, Magallanes, noviembre de 2009.

I.  LINEAMIENTOS ESTRATEGICOS DE LA REFORMA Y MODERNIZACIÓN DEL ESTADO EN CHILE

Algunos proyectos anteriores de modernización: notas para una “arqueología” de la modernización del Estado en Chile

La modernización del Estado en Chile, debemos situarla en un contexto macro social mayor: el de la transición de la sociedad chilena hacia la modernidad, tendencia profunda que se esta manifestando desde mediados del siglo xx y que debiera desarrollarse a lo largo del siglo xxi.   Chile se encuentra en un prolongado tránsito desde una sociedad y una cultura de rasgos tradicionales, hacia una cultura de rasgos modernos y este cambio estructural profundo impacta sobre el conjunto de las instituciones, la economía, los patrones culturales de referencia y la sociedad.

Al mismo tiempo, los procesos de modernización y reforma del Estado, tienen larga data en la historia política e institucional chilena. 

 Parece ser que a lo menos durante el siglo xx, la institucionalidad y la clase política chilena han percibido (cada una en momentos coincidentes o distintos) de la necesidad de adaptar el aparato estatal a los cambios provenientes de la sociedad, la economía o la cultura.

 Dada la naturaleza específica del sistema político y de la historia del Estado en Chile, resulta evidente que se imponen a lo menos tres tendencias fundamentales.

 Por un lado, la orientación legalista de la cultura política y administrativa nacional, determinan que se entiende el cambio constitucional como el punto de partida del cambio organizacional (salvo el proyecto de modernización hoy en curso, cada nueva Constitución Política ha significado un cambio en la estructura institucional de la administración).

 Por otro lado, la tendencia a asociar estrechamente el cambio modernizador a la agenda política y la agenda gubernamental, de donde resultan diversos efectos distorsionadores de todo el proceso de modernización, como veremos más adelante. 

 No queremos decir con esto que sea criticable la naturaleza política de la modernización del Estado: desde que se trata de una transformación de largo aliento del aparato estatal y del sistema de administración pública, tiene siempre una dimensión política (contenidos, valores, objetivos, orientaciones, actores implicados, estrategias) que no debe ser descuidada. 

 (La “despolitización” de la modernización del Estado puede ser tan nefasta como la reforma de la administración del Estado alemán emprendida por el régimen de Hitler en nombre de la lucha “contra los partidos políticos”, con los resultados ya conocidos.)

 Y en tercer lugar, interviene en este proceso, el carácter presidencialista, vertical y centralizado del conjunto del aparato estatal chileno. La reforma y la modernización del Estado (como proyecto y como proceso de implementación) pasa necesariamente por el tamiz de esa estructura organizacional.  

 No es solo una cuestión de régimen político: es sobre todo, una estructura institucional piramidal, que proviene de una determinada estructura mental y cultural, de una cultura política y administrativa específicamente chilena y latinoamericana.

 Podríamos afirmar que el proceso general de reforma y modernización del Estado en Chile, a lo menos en la segunda mitad del siglo xx, pasa por tres o cuatro “momentos institucionales”.

La modernización de los años 40 y el Estado de Bienestar
 Nada más que a título descriptivo, cabe consignar que estos procesos tienen sus antecedentes más significativos en la reforma  institucional y administrativa iniciada por los gobiernos radicales a fines de los años 30 y durante los años cuarenta (1938, Pedro Aguirre Cerda en adelante), con la creación de la CORFO y un conjunto de entidades estatales (CAP, ENAP, LAN, ECA, entre otras), enmarcadas en el modelo de desarrollo de industrialización y sustitución de importaciones y dentro de un concepto de  Estado de Bienestar.

El cambio de la Constitución Política de 1833 a la de 1925 (a partir del primer gobierno de Arturo Alessandri), produce entonces, una necesidad de modernizar el Estado y la administración.

De este modo, cada modelo de modernización obedece tanto a un tipo o paradigma  de Estado, a una determinada matriz socio-política y a un determinado modelo de desarrollo nacional.

La modernización desarrollista de los años sesenta

El siguiente “momento institucional” a destacar es la reforma administrativa impulsada por el Gobierno de Frei Montalva (1964-1970), bajo un paradigma de modernización proveniente de la Alianza para el Progreso, que significó la creación de ODEPLAN (Oficina de Planificación Nacional, dependiente de la Presidencia de la República), del CONSUSENA (Consejo Superior de Seguridad Nacional) y del Ministerio de Vivienda y Urbanismo, entre otros órganos gubernamentales, aún cuando en este período se mantuvo la división territorial en provincias generada por la Constitución de 1925. 

A su vez, el cambio de la Constitución de 1925 por la nueva Constitución de 1980, viene acompañado de una nueva concepción del sistema administrativo del país.

La modernización neoliberal de los años setenta y ochenta

Un tercer momento lo constituyó entonces, la reforma administrativa impulsada durante el gobierno militar bajo la égida de la CONARA (Comisión de Reforma Administrativa) desde 1975, la que introdujo la estructura territorial de regiones, creó los Ministerios Secretaría General de la Presidencia y Secretaría General de Gobierno, y dio paso a un proceso de regionalización bajo un lógica centralizada, siguiendo el modelo de regionalización administrativa francesa implantado por De Gaulle a principios de los años sesenta.

La modernización liberal de los años noventa

A su vez, en esta trayectoria histórica, situamos el proyecto de reforma de 1993.

En efecto, dentro de un marco de estabilidad institucional y de transición ordenada desde el régimen militar dictatorial a un régimen democrático (1989-1990 en adelante), el proyecto inicial de reforma y modernización del Estado, concebido durante la Presidencia de Patricio Aylwin y puesto en marcha en 1993-1994 durante la administración Frei Ruiz Tagle, se corresponde con un determinado concepto del sistema político y del sistema público, con un determinado desempeño del sistema político institucional, con una evaluación crítica del rol cumplido por ciertos enclaves autoritarios y la necesidad de su desmontaje, y por requerimientos asociados a la definición de una nueva agenda pública.

La primera reforma y modernización del Estado de este actual período democrático, se nos presenta entonces como una tentativa global de reformas parciales y graduales del aparato público con la mirada puesta en la necesidad de redefinir nuevas prioridades en la agenda pero siempre teniendo como trasfondo conceptual, la necesidad de completar la democratización del sistema político.

En cierto modo, el proyecto inicial de modernización del Estado obedecía a una voluntad de dar por concluida la transición impulsando modificaciones estructurales de fondo en el sistema institucional.

 

II.  OBJETIVOS Y PREMISAS DEL ACTUAL PROYECTO MODERNIZADOR

En nuestro país, el ex Presidente de la República, Eduardo Frei Ruiz-Tagle  expresó que el objetivo fundamental del proceso modernizador de la Gestión Pública, impulsado durante su Gobierno, sería la renovación y recuperación de las instituciones públicas, para así prestar servicios a la ciudadanía bajo estándares establecidos de calidad, en forma oportuna y con especial cuidado en lo que dice relación al trato hacia los usuarios.

 Desde hace ya una década, existen en Chile -a lo menos- tres consensos generales en torno a la modernización del Estado:   

a) la modernización es un proceso que está en marcha;

b) la modernización es una política pública instalada;

c) se requiere construir un consenso político y social amplio para una segunda generación de reformas en éste ámbito.

Entendemos que el Estado trata de procurar el funcionamiento regular y eficiente de los servicios, junto con respetar los principios de transparencia, equidad y disciplina fiscal, considerando de manera prioritaria la satisfacción de los usuarios, la realización personal y profesional de los funcionarios, la asignación eficiente de los recursos y la capacidad de respuesta ante las nuevas demandas de la sociedad.

De este modo, el proceso de Modernización impulsado por el Estado a través del Comité Interministerial de Modernización de la Gestión Pública (ahora radicado en el Proyecto de Reforma y Modernización del Estado o PRYME) habría buscado impulsar organizaciones actualizadas e insertas dentro del nuevo contexto nacional e internacional en el que se encuentra el país.  

Cabe destacar aquí que el proceso de Modernización de la Gestión Pública que se inició en 1994 durante el Gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle estuvo marcado por una visión gerencialista de la gestión pública, con énfasis en la eficiencia, en un estilo de gestión orientado a resultados, a criterios de evaluación de desempeño y en la aplicación de modernos principios de gestión de origen empresarial.

¿Reforma o modernización del Estado?

Se define a la Reforma del Estado como a la ejecución de profundos cambios que abarcan diversas dimensiones, las que se relacionan con las instituciones públicas, el sistema político, las organizaciones gubernamentales que ejecutan las políticas públicas y las relaciones del Estado con el mercado y la sociedad civil.

En el proceso denominado de reforma del Estado se produce una “redefinición de sus relaciones con la sociedad (del Estado), es un proceso eminentemente político, a través del cual se están configurando las relaciones de poder en las sociedades”.

Chile experimentó este proceso en la década de los setenta, durante el gobierno militar a través de la CONARA. Los cambios radicales para la época versaron sobre el cuestionamiento y replanteamiento del papel del Estado en varios aspectos, tales como, lo productivo, lo financiero, lo económico y lo social, lo que se traduciría en los procesos de privatización de empresas y servicios públicos, de  municipalización de los servicios primarios de salud y la educación pública, y de apertura de los mercados financieros y a la inversión extranjera, por citar algunos ejemplos.

Por otra parte, la Modernización del Estado –concepto aplicable a la Gestión Pública- dice relación con el proceso de adopción de medidas que procurarían alcanzar los valores de la modernidad.  

La “modernidad es, fundamentalmente, progreso humano, a escala humana, con resultados positivos para todos los seres humanos”. Entonces, la modernización sería un instrumento por medio del cual se conduce al estado de la modernidad, en donde “todo es moderno o donde lo moderno se constituye como el componente central de la realidad social”.

La modernización de la gestión pública, como paradigma proveniente de algunas naciones desarrolladas, se la entendió en Chile también como la incorporación de nuevos enfoques de índole empresarial y gerencial a los servicios públicos, tales como la reingeniería de sistemas, el benchmarking, el outsourcing, y cuya finalidad –a lo menos en su definición teórica- fue superar la “administración burocrática” que caracterizaba a los Estados de los países menos desarrollados.

 

En Chile, el proceso de Modernización de la Gestión Pública ha tenido por finalidad “elevar las competencias y la capacidad de movilizar los recursos públicos de manera más eficiente, comprometiendo en su gestión y en sus resultados al conjunto de los actores que intervienen en la generación de los respectivos servicios, orientados a satisfacer los requerimientos de la sociedad” ([1]).

 

Este proceso modernizador fue adoptado del enfoque del Nuevo Gerencialismo o New Public Management, el cual se basó en la transición desde un paradigma burocrático de la Administración Pública hacia un nuevo paradigma gerencial, que consideraba las transformaciones en el medio e incorporaba elementos probados con éxito en el mercado.

De este modo, el modelo gerencial se convirtió en un aspecto fundamental para mejorar la capacidad de gestión del Estado (tendiendo a reducir su tamaño), así como para incrementar la gobernabilidad democrática del sistema político.  

Se trata de un paradigma estatal y administrativo basado en la experiencia y la orientación ideológica de los gobiernos de  R. Reagan en Estados Unidos y de M. Tatcher en Gran Bretaña en los años ochenta. 

De acuerdo a las recomendaciones explicitadas en el Consenso de Washington, los

países latinoamericanos implementaron procesos de reforma y modernización del Estado con énfasis en la dimensión económica y en la racionalización del aparato administrativo: “Se recomiendan dos conjuntos de medidas, tendientes unas a promover la estabilidad a través de políticas orientadas por los mecanismos del mercado; y otras a reducir el tamaño del Estado y su grado de intervención en la economía.”, rezaba el documento liminar de una importante conferencia interministerial latinoamericana sobre el tema.  ([2])

A la luz de la experiencia de a lo menos 30 años de aplicación de este esquema modernizador, resulta evidente que la modernización del Estado no es sólo una cuestión relacionada con su tamaño, quizás es lo menos importante del proceso.

Por el contrario, el Estado debe asumir la regulación de los mercados, el

funcionamiento eficaz de regímenes políticos cada vez más democráticos, la provisión de bienes públicos y la revisión del aparato público en sus características y funciones esenciales, desde una nueva perspectiva. Se esta produciendo un cambio en la forma en que se concibe la reforma y modernización del Estado.

De un enfoque modernizador  que se limitaba a la dimensión económica y a la eficiencia del aparato estatal, se está pasando a otro que, sin descuidar los anteriores, incorpora nuevas preocupaciones. Entre ellas destacan el progreso de la democracia, el aumento de la capacidad de gobernar, la construcción de Estados de derecho pleno y el mejoramiento de la dimensión social del Estado que lo oriente hacia una mayor equidad.

 Los proyectos modernizadores del Estado en algunas naciones desarrolladas, han seguido sin embargo direcciones diferentes.

En Gran Bretaña, por ejemplo, la modernización actualmente en curso, impulsada por el gobierno de T. Blair desde 1997, está radicada institucionalmente como una Comisión Interministerial e Intersectorial en el Gabinete del Primer Ministro, y se orienta por los principios de la “marketización” de los servicios públicos, del servicio público situacional (on your side), mejor salud y previsión, bienestar activo, rol comunitario en la labor policial y judicial, empoderamiento de las comunidades locales y gobierno estratégico. ([3]).

A su vez, la modernización francesa del servicio público, iniciada por el gobierno de F. Mitterand en 1988, está radicada en una Dirección General de la Modernización del Estado (DGME), dependiente del Ministerio de Finanzas y Reforma del Estado, y apunta actualmente en tres direcciones estratégicas: la calidad y la simplificación de los servicios, la modernización de la gestión pública y el desarrollo de la administración pública electrónica. ([4])

En el caso del proyecto de modernización en Chile, para que las grandes metas se cumplieran, se puso el énfasis en la transformación de la cultura organizacional que caracterizaba a la Administración Pública chilena.  

 Los aspectos principales de la Modernización de la Gestión Pública en Chile fueron definidos en torno cinco elementos:

1) Orientación del servicio hacia el usuario.

2) Enfasis en el funcionario público.

3) Gestión orientada a los resultados.

4) Uso eficaz y eficiente de los recursos.

5) Fortalecimiento de la ética pública.

Como se ha señalado anteriormente, el modelo inspirador de las iniciativas elaboradas acerca de la Modernización de la Gestión Pública en nuestro país se encuentra en la Modernización aplicada en el Reino Unido durante el gobierno de Margaret Thatcher (1979 –1990).

De hecho, las directrices del proceso modernizador en Chile provienen de esa experiencia: liderazgo gerencial, formación de élite gerencial, planificación estratégica, indicadores y control de gestión, convenios de desempeño, descentralización, atención al usuario como cliente, presupuesto como instrumento fundamental, sistemas de auditoría y la    implementación de importantes técnicas empresariales al sector público.

La influencia del país europeo se aprecia visiblemente en Chile, puesto que el modelo utilizado para modificar el accionar de la gestión pública adoptó un carácter gerencial con gran énfasis en la eficiencia, tanto en la metodología como en los instrumentos aplicados.

 Cabe subrayar aquí que el modelo organizacional e institucional seguido por Chile para inducir la reforma a la administración del Estado, siguió el “modelo británico” hasta en el tipo de aparato institucional creado para dirigir y monitorear el proceso: un Comité Interministerial, es decir, una instancia gubernamental provisoria, con un mínimo de regulaciones legales y constitucionales y, por lo tanto, más sometida a las presiones y modificaciones provenientes del énfasis de la agenda política del gobierno, que de las necesidades del cambio organizacional en curso.

En la actualidad, la agenda de modernización del Estado en Chile se encuentra radicada institucionalmente en el Ministerio del Interior.

En cambio, por ejemplo, la modernización del Estado en España, iniciada por el gobierno en 1982, implicó la creación de un Ministerio para las Administraciones Públicas (MAP), encargado de administrar la totalidad del proceso de cambio, tanto desde la perspectiva de la administración central, como de las administraciones autonómicas y locales. 

El cambio organizacional emprendido por España respondió -a la vez- a un paradigma modernizador (orientado a responder a los cambios experimentados por la sociedad española y su entorno europeo) y a una perspectiva  territorial (de acuerdo a la división del país en regiones dotadas de autonomía). ([5])

Los procesos que comienzan a implementarse en Chile a partir de 1994 buscan introducir nuevas lógicas en la forma de actuación de las instituciones gubernamentales, se enfatiza un carácter más gerencial que procedimental, incorporando criterios de eficiencia, eficacia y calidad, se pone atención al usuario como foco central de las preocupaciones de la gestión y se intenta transparentar los actos públicos.

En este contexto, el Ministerio de Hacienda, por medio de la Dirección de Presupuestos, promovió su primera iniciativa en materia de Modernización de la Gestión Pública en 1994: el Plan Piloto de Modernización de la Gestión Pública.

El proyecto estratégico de 1997 al 2000 de Modernización de la Gestión Pública apuntaba  a los siguientes objetivos:

a) Transformar a los servidores públicos en virtud de un compromiso de un Estado al servicio de la gente.

(b) Mejorar la accesibilidad y calidad de las atenciones que deben prestar los servicios a la ciudadanía.

(c) Garantizar la transparencia y probidad en el desempeño de las funciones públicas.

(d) Establecer una institucionalidad del Estado que permita mejorar la eficiencia, flexibilidad y coordinación de las actividades del sector público.

(e) Incorporar una cultura de evaluación.

(f) Colocar en la agenda pública y al interior de los servicios públicos, el sentido del proyecto de modernización y generar el compromiso y la participación de todos los sectores involucrados.

De este modo, se sentaron las bases de un Sistema Integral de Gestión con el objeto de incorporar instrumentos que “asegurasen la debida planificación, ejecución, seguimiento, evaluación y cumplimiento de metas y objetivos institucionales, además de la periódica rendición de cuentas” ([6]).

El Sistema Integral de Gestión contaría con Metas Ministeriales, Compromisos de Modernización, Programas de Mejoramiento de la Gestión (PMG), Sistemas de Evaluación de Metas y Compromisos, y Balances Integrales de Gestión.

 En la actualidad  (2009), los ejes de la Agenda Modernizadora del Estado giran en torno a las siguientes siete grandes orientaciones:

Recursos humanos y gerencia pública.

Servicios de excelencia.

Descentralización.

Perfeccionamiento institucional.

Transparencia y probidad.

Participación ciudadana.

Reformas políticas. ([7])

Se trata de una agenda que recoge dos grandes preocupaciones interdependientes: por un lado, la necesidad de profundizar y extender el impulso modernizador para que llegue hasta los destinatarios finales (los usuarios de los servicios), y por otro lado, intentar hacer coherente los cambios en la estructura administrativa con las reformas al sistema político e institucional, apuntando en definitiva hacia un Estado más eficiente y más democrático.

III.  DESAFÍOS Y PERSPECTIVAS: LA GESTIÓN PÚBLICA DEL FUTURO

El balance posible de los avances, logros, insuficiencias y tareas pendientes de este vasto proceso de cambio institucional puede hacerse desde varios enfoques o perspectivas:

a)  con frecuencia los analistas de sistemas y los politólogos tendemos a preguntarnos por los resultados de los cambios institucionales: 1º  a la luz de las metas y objetivos inicialmente planteados, lo que nos permite diseñar una línea imaginaria desde el “punto de partida” (1994) y el punto de llegada (en el presente); 2º  a la luz de la evolución del comportamiento organizacional experimentado en el período en estudio; 3º  a la luz de  los cambios experimentados en el entorno y su impacto sobre las instituciones.

b)  también puede ser pertinente interrogarnos desde dos perspectivas humanas y socio-culturales complementarias: 1º  cómo perciben los ciudadanos o usuarios los cambios experimentados; y 2º  cómo perciben los funcionarios públicos dichas transformaciones, entendiendo siempre que estos cambios operan sobre rutinas y culturas organizacionales de larga data y que funcionan como inercias y resistencias al cambio.

 Es probable que ciertos dilemas planteados en el prolongado debate público en torno al rol del Estado, no hayan resuelto los problemas centrales de la eficiencia del sistema de servicios públicos en Chile. 

Las polaridades políticas y conceptuales entre “Estado vs. mercado”, o entre “nacionalización vs. privatización”, o entre “regulación vs. des-regulación”, o entre “eficiencia/ineficiencia pública vs. eficiencia/ineficiencia privada”, no se resuelven solamente a través de parámetros ideológico-doctrinarios (que son válidos y legítimos en una sociedad y un sistema político democrático), sino también a la luz de los resultados e impactos de las políticas públicas implementadas según cada una de esas lógicas, vistas desde sus propios objetivos iniciales (o sea, desde su propia racionalidad) y desde la percepción ciudadana (o sea, desde los destinatarios últimos de las políticas).

Cabe advertir también aquí las dificultades de analizar “desde la percepción ciudadana” la implementación e impacto de políticas públicas o de procesos de modernización del Estado, en cuyo diseño los ciudadanos de entonces no fueron consultados ni participaron, ya que así introducimos -hoy ex post- en el análisis del sistema de reformas, una variable que no fue incorporada en su elaboración proyectual.

 Tampoco hemos de desconocer que lo que pretendemos analizar son en realidad procesos complejos e institucionales en curso, de manera que no podemos juzgar con plena propiedad procesos o momentos institucionales durante la ocurrencia de las transformaciones (habida cuenta que cada sector institucional de la administración lleva su propio ritmo, velocidad, intensidad, amplitud y profundidad de los cambios), sino solo constatar los avances alcanzados y las tareas pendientes.

Modernización del Estado y cambio organizacional

En este aspecto cabe destacar el tópico del cambio organizacional.

En efecto, parecen subyacer a lo menos dos visiones o lecturas del cambio organizacional en las estructuras públicas.

Hay una visión, que denominaremos “de planificación lineal” que supone el cambio como un proceso continuo, producto de la capacidad de gestión de una elite previsora y clarividente, resultante del convencimiento cada vez más extendido de todos los involucrados acerca de la necesidad del cambio (y hasta de su inevitabilidad), por la instalación de coaliciones organizacionales a favor del cambio (dentro de los servicios y entre los órganos ministeriales o inter-ministeriales) y por el despliegue de procesos ordenados de institucionalización del cambio.

Pero también existe otra visión, que denominaremos “de aproximación realista”, que sugiere que el cambio organizacional resulta de procesos “ondulados”, es decir, no lineales, episódicos, de “ensayo-error-ensayo”, en los que el cambio planificado raramente es implementado como estaba previsto y que tiene consecuencias imprevistas y resultados aleatorios y diferenciados.  ([8])

Resultaría así –conforme a este patrón de interpretación y análisis de las políticas públicas- que en la realidad de los procesos institucionales de modernización del Estado desde la perspectiva que implican de cambio organizacional, resultan ser desintegrativos (a lo menos en sus fases iniciales), dinámicos (luego, cambiantes), endógenos (es decir, su contenido es cambiado por el contexto que se trata de cambiar), y asimétricos (se abre la brecha entre los que deciden y los que ejecutan e implementan, distancia entre la visión y la realización).  

Se trata de entender el cambio organizacional desde un punto de vista situacional, es decir, de comprender las transformaciones como impulsos episódicos insertos en contextos organizacionales en constante evolución. 

¿Los cambios organizacionales que se introducen en los servicios e instituciones públicas en el marco de los procesos de modernización del Estado y de la gestión pública, son, finalmente, episódicos o continuos? ¿No tendría sentido analizar los cambios originados en la modernización del Estado, desde una lógica incremental como la que propone Lindblom, es decir, que “…una política no es algo que acontece de una vez por todas.  Es algo que se rehace sin cesar.  Elaborar una política es un proceso de aproximaciones sucesivas hacia algunos objetivos deseados que van también cambiando a la luz de nuevas consideraciones…”?.  ([9])

Criterios de evaluación

Recordemos nuevamente las metas estratégicas que se fijó el proyecto de modernización de la gestión pública en sus inicios, los que apuntaban a:

(a) Transformar culturalmente a los servidores públicos en virtud de un compromiso de un Estado al servicio de las personas, consideradas como ciudadanos.

(b) Mejorar las condiciones de accesibilidad y calidad de las atenciones que deben prestar los servicios a la ciudadanía.

(c) Garantizar la transparencia y probidad en el desempeño de las funciones públicas.

(d) Establecer una institucionalidad del Estado que permita mejorar la eficiencia, flexibilidad y coordinación de las actividades del sector público.

(e) Incorporar una cultura de evaluación en el conjunto del desempeño de los servidores públicos.

(f) Colocar en la agenda pública y al interior de los servicios públicos, el sentido del proyecto de modernización y generar el compromiso y la participación de todos los sectores involucrados.

Creemos que el análisis sistémico del proceso de modernización, puede hacerse en función de un conjunto de criterios que son aquellos que permiten efectuar una evaluación coherente de las políticas públicas: capacidad de resolución y estabilidad; adaptabilidad; coherencia y coordinación; predominio del interés público sobre los intereses particulares (public regardedness); calidad de implementación y cumplimiento; impacto y efectos multiplicadores de las políticas en la ciudadanía; percepción ciudadana sobre la pertinencia y resultados de la modernización; y eficiencia. 


IV.  TENDENCIAS, INTERROGACIONES Y ESCENARIOS HACIA EL FUTURO

Tres tendencias profundas de nuestro desarrollo nacional, debieran a nuestro juicio impactar sobre los servicios públicos y la función pública en el decenio siguiente:

1º  es posible estimar que el actual proceso de transición demográfica y de progresivo envejecimiento de la población (iniciado a mediados del siglo xx y que continuará a lo largo del siglo xxi), impactará sobre la función pública demandando mas y mejores servicios adecuados a los requerimientos de la tercera edad, pero a su vez generará e inducirá cambios en la composición de la fuerza de trabajo;

2º el cambio en los patrones de referencia culturales en curso, determinará un mayor predominio del individualismo en las conductas y actitudes individuales y colectivas, incrementando el nivel de presión y demanda de los ciudadanos por servicios públicos de mejor calidad y resolutividad;

3º  las nuevas tendencias resultantes de 30 años de aplicación del modelo de Estado subsidiario y sus resultados en todo el mundo, indican que no vamos en dirección de mas privatizaciones y externalizaciones de los servicios públicos, sino que nos encaminamos hacia Estados y servicios públicos más eficientes, más flexibles, mejor dotados y con un creciente proceso de profesionalización y de incorporación tecnológica y con nuevos conceptos de servicio público.

No deja de ser también pertinente en este punto del análisis el planteamiento de Guillermo O’Donnell en relación con la reforma del Estado, cuando dice que “…sin perjuicio de la necesaria eliminación de burocracias innecesarias y, en general, de la racionalización de burocracias y procesos administrativos, el principal tema de una reforma del Estado, debería el para qué tipo de nación se propone que ese Estado sea…” ([10])

Los Estados modernos y los servicios públicos del siglo xxi percibimos que estarán orientados a la calidad social, a la accesibilidad resolutiva, a la contraloría ciudadana, al servicio situacional y multifuncional, a la eficiencia satisfactoria, a una mayor racionalización de los procesos de gestión y a incorporar criterios medio-ambientales, de género y de participación ciudadana, en los procesos de toma de decisiones, de implementación y de evaluación de las políticas públicas.

Es perfectamente previsible que los siguientes gobiernos continuarán asumiendo la tarea de la modernización del Estado, y cada gobierno entenderá, con sus propios énfasis, que este proceso es en última instancia, una modernización del servicio público para los ciudadanos. 

No deja de ser sintomático observar que en el pasado, cada uno de los gobiernos que asumieron la conducción del país con un sentido estratégico, impulsaron reformas y modernizaciones del Estado como procesos de largo aliento que -con el paso del tiempo y con los sucesivos cambios de gobiernos- fueron perdiendo velocidad, coherencia y continuidad. 

El método tan socorrido también del “borrón y cuenta nueva” (cada gobierno llega al poder con su propia agenda de modernización, casi como si tuviera que empezar de cero…) puede ser desastroso en el largo período del tiempo, dando como resultado cambios informes y desordenados, modificaciones parciales, reformas abortadas o incompletas, impulsos iniciales frenados, incoherencia administrativa y descoordinación institucional.

En el Chile de hoy la agenda de la modernización, parece funcionar desconectada de la agenda de cambio del régimen político, de la agenda de una nueva Constitución, de la agenda de la regionalización, de la agenda de la descentralización y la desconcentración.

Dos escenarios pudieran ser pertinentes para analizar la evolución futura del actual proceso de modernización del Estado en Chile.

Un escenario tendencial de prolongación de las actuales tendencias.

La hipótesis central de este escenario presupone que el proceso de modernización en curso continuará a través de similares tendencias y características de diseño e implementación que han ocurrido desde inicios de la década de los noventa.  Serán modificaciones y reformas que mantendrán su carácter episódico y variable en intensidad y extensión.

Siendo el cambio el rasgo principal del funcionamiento y desempeño del servicio público en el futuro, la generación de nuevas rutinas y procedimientos producirá en los usuarios la percepción que los cambios no suceden o que cuando suceden, los perjudican o no los satisfacen plenamente.

Los cambios experimentados por la sociedad, producto de la globalización y del cambio de los patrones culturales de referencia, determinarán condiciones de disconformidad y de crítica ciudadana y, a su vez, inducirán a una mayor tercerización y privatización de los servicios y programas

Un escenario normativo de expansión y profundización de la modernización.

La hipótesis de base de este escenario presupone que como resultado de la adopción de la modernización del Estado como una política estratégica orientada al fortalecimiento de los servicios públicos y de la función pública, producirán un cambio en la percepción ciudadana y en los estilos de gestión pública.

Los cambios experimentados por la sociedad, producto de la globalización y las mutaciones en los patrones culturales de referencia, determinarán una modificación de la percepción ciudadana respecto del servicio público, al introducir componentes de participación e involucramiento de los ciudadanos organizados en los procesos de toma de decisiones.

Siendo el cambio el rasgo principal del funcionamiento y desempeño del servicio público en el futuro previsible, la generación de nuevas rutinas y procedimientos –en un marco de mayor participación ciudadana-  producirá en los usuarios la percepción que los cambios suceden y que cuando suceden (aun cuando sea puntualmente), les permiten responder y satisfacer lo esencial de sus demandas y aspiraciones.

En una sociedad y en un orden global que se encuentran en plena mutación, que modifica sustancialmente sus lenguajes, sus patrones de referencia, sus procedimientos y estilos de conducta, sus aspiraciones y necesidades, las expectativas ciudadanas -cada vez mas individualizadas y segmentadas social y culturalmente- frente a los servicios públicos,  determinarán que los procesos y las estrategias de modernización del Estado se verán presionados “desde abajo” por la ciudadanía reclamando por atención, accesos y productos y servicios de mayor calidad y excelencia, y “desde arriba” por gobiernos y entes públicos que sentirán la creciente demanda ciudadana por servicios públicos de calidad, como un factor componente de la credibilidad política de las autoridades. 

Manuel Luis Rodríguez U.

 

FUENTES DE REFERENCIA PARA PROFUNDIZAR 

Aguilar, L.: El estudio de las políticas públicas. México, 1992.  M.A. Porrua Grupo editorial.

Boeninger, E.: Políticas públicas en democracia. Institucionalidad y experiencia chilena, 1990-2006. Santiago, 2007.  Ediciones Cieplan – Ediciones Uqbar.

Laswell, H.: La orientación hacia las políticas.  Citado en Aguilar, L.: El estudio de las políticas públicas, pp. 79-104.

Lindblom; Ch.: La ciencia de “salir al paso”. (The science of muddling trough – Public Administration Review. Nr. 39, 1959).

Lindblom, Ch., Braybrooke, D.: The strategy of decision. N. York, 1963. The Free Press.

March, .: Rediscovering institutions. The organizational basis of politics.  N. York, 1989.  The Free Press.

PNUD: La democracia en América Latina.  Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos. B. Aires, 2004.  PNUD.

Rapoport, .: Gestión de Entes y Empresas Públicas.  Decisión, responsabilidad y control. Barcelona, 1990. D. de Brouwer.

AGENDA DE MODERNIZACION DEL ESTADO – http://www.modernizacion.gov.cl/

BIBLIOTECA DEL CONGRESO NACIONAL – EN PROFUNDIDAD – http://www.bcn.cl/carpeta_temas_profundidad/modernizacion-estado-mas-que-corrupcion

PORTAL SOBRE POLITICA PUBLICA – http://www.politicapublica.cl/

SUBDERE – http://www.subdere.gov.cl/1510/propertyvalue-28951.html


[1] Comité Interministerial de Modernización de la Gestión Pública, 1996, p. 3.

[2] Reforma y Modernización del Estado. IX Conferencia de Ministros y Jefes de Planificación de América Latina y el Caribe, México DF, 1994. p.7.

[3] Working Together. London, 2009. H.M. Gouvernement. Cabinet Office.

[4] La modernisation de l’Etat en actions. Paris, 2007. Direction Générale de la Modernisation de l’Etat. DGME.

[5] MAP: Plan de Modernización de la Administración del Estado. Madrid, 1992. Ministerio para las Administraciones Públicas.

[6] Comité Interministerial de la Gestión Pública, Santiago, 2000, p.23.

[7] Gobierno de Chile: Agenda de Modernización del Estado. Santiago, 2008.

[8] Langley, A., Denis, J.L.: Les dimensions negligées du changement organisationnel. Otawa, 2006. Ecole Nationale d’Administration Publique, ENAP.  En el texto: Langley, A., I. Lines, R., I. Stensaker: New perspectives on organizacional change and learning. Bergen, 2006.  Fagbokforlaget Edits.

[9] Lindblom, Ch., op., cit., p. 49. Aguilar, L.: La hechura de las políticas. México, 1992. Miguel Angel Porrúa Editores, p. 49.

[10] PNUD: La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos, B. Aires, 2004, p. 177.

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Ciudadanía y participación en la comuna: problemas y perspectivas

PROLOGO

El Estado de Chile es tributario de una estructura institucional, plasmada en la Constitución de 1980, y articulada conforme a un modelo centralizado y personalizado de ejercicio del poder y de distribución de facultades y atribuciones.  Las municipalidades, son parte de este ordenamiento institucional y si ha permanecido así, a lo largo de casi treinta años (incluido el período dictatorial ya superado), puede deducirse que las fuerzas políticas del sistema han preferido efectuarle modificaciones parciales y no construir un modelo de gobierno comunal distinto.

Este ensayo examina desde una perspectiva de la Ciencia Política los principales problemas y desafíos pendientes de la estructura municipal chilena.

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El cambio del régimen político en Chile: una tarea pendiente de la transición democrática

PREFACIO

¿Es posible el cambio de régimen político en Chile hoy? 

¿Es posible siquiera pensar el cambio del ordenamiento institucional chileno en las condiciones de un modelo de régimen político presidencial que ha funcionado históricamente desde casi dos siglos desde las Constituciones de 1818 y 1833?

¿Porqué el tópico del cambio del régimen político en el Chile republicano vuelve periódicamente al debate académico, político y legislativo?   En estos momentos una comisión de estudios en la Cámara de Diputados examina nuevamente esta materia de tanta trascendencia en el orden político chileno.

El problema del régimen político ha sido examinado cada cierto tiempo, las más de las veces cuando las crisis políticas e institucionales han agobiado a la clase política y han embotado inexorablemente la necesaria tranquilidad para estudiarlo y decidirlo racionalmente.  Posiblemente, el debate sobre el régimen político en Chile, puede ser considerado como el antecedente lógico del análisis de una nueva Constitución Política para esta nación.

Este ensayo tiene por objeto examinar una concepción del cambio de régimen político en Chile, a la luz de un conjunto de consideraciones y de categorías de análisis de orden histórico y politológico. Read the rest of this entry »

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sistema electoral y sistema de partidos políticos

El presente ensayo contribuye a un estudio teórico acerca de la relación entre el sistema electoral y el sistema de partidos políticos en las democracias modernas.

Se trata de un ensayo elaborado inicialmente como apunte de clases para la carrera de Licenciatura en Ciencias Políticas.

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Materiales de estudio sobre teoría del Estado

Apunte de clases, en la forma de esquemas de estudio, elaborado para la asignatura de TEORIA DEL ESTADO en la carrera de Licenciatura en Ciencias Políticas.  Contiene textos tanto en español como en francés.

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Una nueva Constitución Política para el Chile del siglo XXI

LOS PARÁMETROS DEL DEBATE POLÍTICO ACERCA DE LA CONSTITUCION

El nudo gordiano de la política chilena, el punto crucial del desarrollo político e institucional en el Chile del presente, se encuentra en la Constitución Política de 1980. 

Marco jurídico superior instaurado bajo la doctrina de la seguridad nacional y articulado como un conjunto institucional de conservación del sistema económico neoliberal y de un orden político con un Estado centralizado y un régimen político presidencialista y vertical, la Constitución Política de 1980, cualquiera hayan sido los adornos  y retoques de que ha sido objeto en los largos años de la transición política chilena, sigue siendo el modelo político y jurídico de un sistema institucional de corte autoritario, centralizado y que desconfía de la ciudadanía.  La Constitución de 1980 nunca dejará de adolescer de su peor ”pecado original”: la de haber sido la hechura preferida de la dictadura más prolongada y violenta de la historia política de Chile. 

La Constitución de 1980, defendida a ultranza por los sectores políticos mas conservadores del sistema, se ha constituido en el factor clave de la exclusión de distintos sectores y segmentos de la ciudadanía, en el modelo de reducción del rol económico y estratégico del Estado y en el factor decisivo en la configuración de poderes que, operando bajo una lógica democrática, deben actuar dentro de límites restringidos.  La democracia no es el resultado de la Constitución de 1980, sino que la consecuencia del triunfo ciudadano de 1988 (el plebiscito de octubre de 1988 estaba en realidad en manos de la decisión política del dictador), a pesar y no obstante la Constitución vigente.

Pero a medida que ha transcurrido el tiempo de su vigencia, la percepción de que este marco constitucional contiene nudos conservadores y trabas objetivas a la evolución democrática de la sociedad, ha ido creciendo lentamente, primero en la ciudadanía y después en los actores políticos. 

El debate constitucional vuelve a generar un campo de debate público, académico y político, en que se separan por un lado, quienes postulan la necesidad de defender el sistema en su estado actual, bajo el argumento de la estabilidad institucional, y por el otro, quienes postulan la necesidad de cambiar el marco constitucional en nombre del perfeccionamiento de la democracia y de la incorporación de herramientas cada vez más participativas dentro de una democracia representativa que presenta crecientes carencias.

Entre estos dos campos del debate político y constitucional, es previsible el surgimiento de un tercer campo, orientado hacia la regulación y la gradualidad de los cambios, hacia la mediación y la búsqueda de puntos de equilibrio que permitan que el cambio constitucional no genere climas o coyunturas de inestabilidad e ingobernabilidad.

La estabilidad que ha caracterizado al sistema político chileno desde 1990 en adelante ¿puede atribuirse a la estructura institucional fijada por la Constitución?  Muy probablemente no, ya que la serie de a lo menos diez reformas constitucionales que han tenido lugar desde 1989 en adelante -la Constitución de 1980 va a cumplir 30 años en dos años mas- indican que este cuerpo jurídico ha tenido que ser modificado, reformado, ajustado, adaptado a los imperativos de una democracia que se hace gradualmente más inclusiva en una sociedad en plena mutación cultural y social. 

Pero es necesario reconocer que la estabilidad de las instituciones -que sirve de argumento a la retórica conservadora en el Chile político de hoy- encuentra su razón profunda en la forma de hacer política y en la cultura política de los actores principales del sistema y no en la arquitectura de las instituciones consagradas por la Constitución.   Esta carta constitucional nació dotada de una serie de estructuras e instituciones francamente autoritarias como el Tribunal Constitucional, los senadores designados, las proscripciones ideológicas, la incapacidad presidencial para cambiar a los Comandantes de las FF.AA., la tutela militar deliberada de las FF.AA. y consagrada a través del Consejo de Seguridad Nacional, y han sido las fuerzas democráticas las que han ido “recortando” gradualmente en el texto original, estas excrecencias autoritarias incompatibles con una sociedad que se democratiza.

Aún así, el texto constitucional sigue siendo democráticamente imperfecto.

BREVE SCANNER AL MODELO CONSTITUCIONAL CHILENO

Los defectos y carencias del sistema institucional chileno han sido suficientemente diagnosticados por intelectuales, universidades y otros centros de reflexión, ademas del propio Congreso Nacional.  El Grupo de Estudios Constitucionales por allá por 1980 -por nombrar a algunos actores relevantes- ya había advertido de estas deficiencias inherentes al sistema. 

El tema constitucional está esperando a la clase política chilena.  La necesidad de avanzar hacia una nueva Constitución bien podría ser uno de los temas claves de la próxima campaña presidencial chilena de 2009, toda vez que la mayoría de los principales partidos políticos democráticos del país, han postulado su modificación o su reemplazo: el Partido Demócrata Cristiano, el Partido Por la Democracia, el Partido Socialista y el Partido Comunista y ahora recientemente la Central Unitaria de Trabajadores han planteado esta necesidad.

Y el mecanismo de su transformación debiera ser precisamente una oportunidad histórica para que esa nueva Constitución que el Chile del siglo XXI necesita, resulte de un vasto movimiento de consulta y expresión ciudadana.

Trátase de un estatuto constitucional articulado en torno a órganos de poder hechos y articulados de manera de generar trabas institucionales casi insalvables al cambio y al perfeccionamiento.  Fue un traje jurídico fabricado bajo la creencia de la perfección, para que dure por varios decenios.

Estamos en presencia de una carta personalista, de poderes centralizados, que desconfía de las herramientas de consulta o de participación ciudadana y que opera, con una eficiencia envidiable, como una herramienta jurídica de control y de resistencia al  ejercicio de la democracia ciudadana, y como un complejo institucional de conservación de un determinado sistema económico, político y social de dominación.  Aquí el neoliberalismo doctrinario y el conservadurismo ideológico han sido elevados dogmáticamente al nivel jurídico constitucional.

UN CAMINO POLITICO Y CIUDADANO HACIA UNA NUEVA CONSTITUCION

Al revés de lo ha sucedido con las Constituciones de 1833, 1925 y 1980, que fueron elaboradas por comisiones de estudio limitadas y encerradas y que fueron aprobadas sobre la base de plebiscitos constitucionales altamente controlados, cuando no abiertamente manipulados como ocurrió durante la dictadura militar reciente en 1980, la legitimidad de la  nueva carta fundamental provendrá del rol activo, participativo, crítico y dinámico que la ciudadanía tenga en su elaboración y en su ratificación. 

Las constituciones anteriores en la historia constitucional de Chile, en particular las de 1833, 1925 y 1980 en definitiva lograron los niveles de legitimidad y de aceptación de que se vieron rodeadas a lo largo del tiempo, más como consecuencia de la situación política e institucional de hecho desde la que surgieron, antes que del respaldo ciudadano.  El régimen político en Chile evita todo lo posible el vacío de poder y la inestabilidad que pueda conducir a la ingobernabilidad.

Este es además un orden político presidencial y estructurado en función de un conjunto de organos del Estado y de poder unipersonales y dotados de poderosas atribuciones, órganos que se acompañan de estructuras colegiadas o colectivas debiles o con muchas menos atribuciones.  Desde un Presidente de la República acompañado por un poder legislativo con reducidas atribuciones, hasta los Intendentes Regionales al lado de Consejos Regionales y los Alcaldes municipales junto a Concejos de escasa capacidad resolutiva, el  sistema político chileno se asemeja a una serie de pirámides institucionales superpuestas  que dan preeminencia  a las autoridades unipersonales por encima de los órganos colegiados.  

Este sistema puede ser cambiado.

Se requiere de voluntad política y del coraje político de atreverse a emprender el cambio.

Un modelo de calendario en que la ciudadanía reflexiona, analizar, discute y resuelve un primer texto que debiera ser después objeto de estudio en una Asamblea Constituyente elegida mediante el sufragio universal, proceso constituyente que puede concluir con un plebiscito de ratificación, nos parece la fórmula más pluralista y democrática.

Se trata entonces de tres pasos políticos e institucionales consecutivos: 1º una fase de consulta y debate ciudadano para resolver un primer borrador constitucional, que concluye con la elección universal de una Asamblea Constituyente; 2º una fase de análisis en una Asamblea Constituyente la que resuelve un texto borrador final que se ratifica por la ciudadanía; y 3º un plebiscito constitucional en el que la ciudadanía ratifica universalmente el texto final de la nueva Constitución.

LAS ESTRUCTRURAS CLAVES DEL NUEVO MODELO CONSTITUCIONAL

Sin perjuicio de un análisis más detallado, nos parece que dos debieran ser los problemas de “reingeniería política e institucional” a resolver en el nuevo esquema constitucional: el del régimen político y el de la distribución territorial del poder.

El historial del sistema político chileno aparece atravesado por los distintos grados de presidencialismo, instaurado desde la fundación de la República en 1818.  La propia Constitución de 1818, obra de O’Higgins y de las circunstancias históricas de la guerra de la independencia, marca a fuego el presidencialismo chileno, acaso heredado del sistema colonial español, pero que prolongará su vida util hasta el presente. Un presidencialismo que reduce las atribuciones del Poder Legislativo, que concentra atribuciones políticas, ejecutivas, administrativas y legislativas en la figura omnipresente de un Presidente de la República que, al calor de las distintas personalidades que lo encarnan, puede llegar a asemejarse a un monarca constitucional y republicano semi-absoluto.

La cuestión crucial a resolver es entonces el paso de un régimen político presidencial a un régimen semi-parlamentario que, otorgando mayores facultades legislativas al poder Legislativo no paralize la acción unificadora del Ejecutivo.

El problema de las regiones y comunas en cambio, dice relación con las atribuciones, facultades y recursos de que éstas deben ser dotadas, para generar niveles mayores de autonomía regional y de descentralización de la administración del Estado.  La nueva Constitución debiera contener mayores rasgos de regionalismo y de descentralización territorial que posibiliten formas de autonomía compatibles con un Estado unitario.

Manuel Luis Rodríguez U., Cientista Político

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Los destinos del sistema electoral binominal

La Cámara de Diputados ha rechazado ayer miércoles 7 de mayo la reforma al sistema electoral presentada por el Gobierno.  La votación de la sala legislativa, refleja tantos las nuevas correlaciones de fuerzas que pueden aparecer provisoriamente -en un escenario político mucho más fluido que hace uno o dos años atraás- y al mismo tiempo, dean entrever los viejos resabios autoritarios que perduran a pesar de lo avanzado en esta transición.

La Concertación, ordenada en todas sus bancadas, votó completa a favor del proyecto que significaba aumentar el número de diputados de la Cámara a fin de permitir a continuación modificar el sistema binominal.  La derecha, votó en un curioso orden disperso, ya que mientras la UDI rechazó de plano el proyecto, en la bancada de Renovación Nacional no faltó el solitario voto testimonial de la diputada Carla Rubilar  a favor del proyecto, y seis votos de abstenciónde otros tantos parlamentarios de ese partido.

¿Ocurrió acaso entre los diputados RN un arresto insoportable de conciencia y de consecuencia, considerando que su propio candidato presidencial Sebastian Piñera habá prometido en 2005 y 2006 modificar el binominal? 

Los gobiernos de la Concertación han realizado  a lo menos cinco tentativas de reforma al sistema binominal cuyo elevado quorum requiere de un cierto número de votos de la derecha para ser aprobados.

Se ha discutido hasta el cansancio en Chile sobre el sistema electoral binominal y ha quedado meridianamente claro que es un mecanismo que distorsiona la soberanía popular, que altera las mayorías y las minorías igualando el 33% con el 66%, que se basa en una distribución caprichosa de los distritos territoriales para beneficiar el voto conservador, que excluye a independientes y dirigentes sindicales del acceso al parlamento, y que consagra la exclusión de un conjunto de fuerzas políticas y sociales realmente existentes en el país.

Pero, no nos perdamos en disquisiciones matemáticas o algebraicas.  En lo esencial, la derecha chilena representada por la UDI y Renovación Nacional, enfrascada desde hace cerca de un año en una estrategia de desalojo, no ha dado los votos para que el cambio al sistema electoral -otro de los viejos resabios dictatoriales que ellos quieren y gustan de preservar- y eso es lo que los ciudadanos juzgarán en los comicios electorales próximos.

Por otra parte, a la luz del comportamiento político concreto, objetivo, de la llamada “bancada independiente” en el Senado, nada permite confiar en la palabra de estos senadores-bisagras.  El senador Adolfo Zaldívar aparece diciendo en el más reciente número de El Siglo que comparte la necesidad de reformar el sistema electoral, pero dados sus claros compromisos con la Alianza de derecha, debemos hacer un claro ejercicio de realismo político, respecto de su voto en el Senado: le sale “más caro” políticamente votar a favor de la reforma que rechazarla.

Por su parte, incluso a riesgo de equivocarnos, la palabra del senador Bianchi en esta materia, como en tantas otras, no es confiable. 

Hace dos años atrás ese senador supuestamente “independiente” escribió una carta a la dirección regional del Partido Comunista expresando su acuerdo a modificar el sistema electoral binominal, pero conociendo su desempeño político concreto (sus declaraciones en la prensa, su voto en las dos elecciones de la mesa del Senado por candidatos de la Alianza y su pertenencia a la bancada de Renovación Nacional) nos hacen presagiar, con realismo también, que sus palabras son poco confiables, que sus vociferantes declaraciones hay que confrontarlas constantemente con los hechos reales y que, es mas probable que vote en contra de la reforma al sistema electoral, porque le resulta “políticamente” menos costoso.

Esa es la realidad de los hechos.

Los destinos del sistema binominal no estarán en manos del Senado esta vez, ni siquiera de aquellos cuatro senadores que hacen de aliados ocasionales de la Alianza por Chile.  Esta vez el quorum requerido para aprobar dicha reforma, solo pueden darlos los votos de un buen número de senadores de la Alianza y en ese “pozo oscuro” es poco confiable ir a buscar votos de apoyo para la modificación del binominal.

Esa es la realidad de los hechos.

El mecanismo de exclusión del sistema binominal probablemente continuará funcionando, y se presentará nuevamente otra reforma el año 2009, para que los candidatos presidenciales discutan nuevamente ese necesario cambio.   Pero con una derecha alojada en la lógica conservadora del desalojo, despojarse de ciertas cuotas de poder, sería como “pedirles peras al olmo”.

Entonces  como una consecuencia obvia de este nuevo escenario que estamos observando, la lógica de los pactos por omisión, entre la Concertación y el Partido Comunista y otras fuerzas de izquierda, adquiere un nuevo sentido, tanto en las elecciones municipales como hacia el futuro, probablemente uno de los pocos caminos tácticos con alguna viabilidad de éxito, para buscar responder al desalojo de la derecha, mediante el desalojo de los ciudadanos.

Esa es la realidad de los hechos.

Manuel Luis Rodríguez U.

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La ideología política del apoliticismo – Notas para una discusión

LAS HERENCIAS

Una de las herencias más perversas que dejaron las dictaduras militares en América Latina desde fines del siglo XX en los sistemas políticos, ha sido el apoliticismo. 

En el apoliticismo se integra una extraña mezcla de rechazo a la política -¡desde la política!- con una retórica de crítica acerba a la clase política, sobre la base de la generalización  abusiva de ciertos males individuales. 

En sus orígenes  históricos e intelectuales, el apoliticismo podría caracterizarse como el discurso y la práctica política de determinados sectores y grupos sociales que se presentan como situados al margen de las banderías, partidismos e ideologías políticas, sobre la base de la presunción que la Política y la clase política serían portadores de conductas y hábitos contrarios a los intereses ciudadanos legítimos. 

Es posible discernir en efecto en el apoliticismo un discurso, una retórica que alimenta determinadas posturas públicas, y que especula a partir de una serie de generalizaciones abusivas: que la política es negativa, es corrupta, divide a las sociedades y los países, que la política y los políticos son los culpables y los causantes principales -y acaso únicos- de los males sociales, de los problemas existentes, de los errores de gestión, de la falta de soluciones, de la incompetencia de la administración. 

En el discurso apolítico hay por lo tanto, una profunda queja anti-política, una demanda perentoria de rechazo contra los políticos y que atribuye a la política el causante principal de las dificultades, los problemas, las corrupciones y los errores.

Un aspecto de la perversidad de la retórica antipolítica de los llamados “apolíticos” reside precisamente en que desconocen y ocultan que el apoliticismo constituye y expresa una determinada postura política, y si adoptan una postura política, entonces los “apolíticos” quedan incluidos dentro del juego político que dicen rechazar y condenar. 

Y la otra dimensión de esta postura es que en la realidad de los hechos, los apolíticos terminan adoptando posturas políticas que contradicen su propia retórica.

En realismo político, como es sabido, lo que cuentan son los hechos políticos, las prácticas políticas, las conductas y las posturas políticas adoptadas en la realidad del proceso político, y es en ese espacio donde el apoliticismo termina invariablemente inclinado en favor de las posturas mas conservadoras y hasta reaccionarias del debate público e ideológico.   Porque en sus orígenes remotos y en la trayectoria histórica de su comportamiento político, el apoliticismo es el argumento de la “independencia política” pero es genéticamente conservador.   

APOLITICOS E “INDEPENDIENTES”

Entre apolíticos e independientes se entienden: existe dentro de ese universo social y político una postura transversal de rechazo a los partidos políticos y que contiene además, una retórica que intenta situarse por encima de la política y sus divisiones y clivajes. 

Este discurso retóricamente independiente y apolítico, encuentra su fundamento social y su espacio socio-cultural de preferencia en las profundidades de las clases medias no-acomodadas y en los sectores sociales más desfavorecidos y de bajo nivel educacional del pueblo trabajador.  No por casualidad, en esos segmentos “desclasados” se alimentaron la retórica y las prácticas de los nazis en la Alemania hitleriana, de los fascistas en la Italia mussoliniana y de ciertos populismos autoritarios latinoamericanos.

Se trata de sectores sociales atravesados por dos contradicciones mayores: por un lado, el sistema de distribución social y económica de la riqueza los ha dejado “a la salida” de la condición proletaria, pero no les ha abierto las puertas “a la entrada” de las oportunidades en las alturas burguesas del poder y del dinero.  Y por el otro, se sienten desclasados y en cierto modo excluidos de los sucesivos repartos de poder que se producen en el proceso político y en las instituciones del Estado.

Independientes y apolíticos, además, tenderán siempre a culpar a los políticos (genericamente calificados) como los causantes de los males de la sociedad, pero serán incapaces de responsabilizar a los dueños del poder económico del lugar que tienen en la escala social, precisamente porque su propia visión de mundo es anti-política en lo político y conservadora en lo económico.

Manuel Luis Rodríguez U., Cientista Político

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La problemática de la representación en la Política moderna

PROLOGO

Las democracias representativas han pasado a inscribirse en el ideario colectivo de las masas ciudadanas en los Estados modernos, particularmente a través de las sucesivas oleadas democratizadoras que experimentó el siglo XX.  Los ciudadanos, a su vez, se integran (o no…) dentro de estos sistemas democráticos con el sentido y la conciencia de que están eligiendo cada cierto tiempo a conciudadanos suyos, para que los representen en las esferas del Estado y en ciertos órganos del poder. Pero ¿cómo está funcionando esa representación?  ¿Se sienten bien representados los ciudadanos?

Este ensayo es una contribución intelectual que aborda desde una perspectiva teórica y de la Ciencia Política, la cuestión de la representación en los sistemas políticos democráticos modernos.

Manuel Luis Rodríguez U., Cientista Político.

 Punta Arenas – Magallanes, mayo 5 de 2008.

 

LA REPRESENTACION COMO FUNDAMENTO DE LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA

El fundamento de las democracias representativas reside en el mecanismo de la representación. Hablamos aquí de la representación política, toda vez que las demás formas de representación (social, cultural, identitaria…) han resultado subsumidas al interior del mecanismo de la representación política, como si ésta viniera a abarcar la totalidad de los requerimientos de representación de los ciudadanos en las sociedades contemporáneas.

Sabido es que las demás formas de representación en la sociedad, aparecen relativizadas, condicionadas, disminuidas al lado del imponente y casi incontrastable poder institucional de que están dotados los órganos de poder basados en la representación política.  Probablemente el “enriquecimiento y empoderamiento” de la representación política, está ocurriendo a expensas del empobrecimiento de la representación social; probablemente el fortalecimiento del Estado, como aparato de poder político, ocurre precisamente en estas democracias representativas, porque la sociedad civil, depositaria de las otras formas de representación, ha sido debilitada.

Los sistemas democráticos han terminado por transformarse en su mayor parte formas institucionalizadas de representación de la ciudadanía dentro de un determinado orden político.  Hoy en día, cada vez que se dice “democracia” se entiende “democracia representativa”, de manera que la representación política de los ciudadanos ha devenido consustancial a los regímenes democráticos.

Pero, ¿desde cuándo la representación forma parte del ideario político e institucional?

Tradicionalmente se establece el inicio histórico de la representación en la Revolución Francesa y en la revolución  de la independencia de los Estados Unidos a fines del siglo XVIII, cuando los sistemas políticos de monarquía absolutos se vieron conmovidos por la oleada republicana de los partidarios de la soberanía nacional y los derechos cívicos del ciudadano.

Los orígenes históricos de la representación, como procedimiento primero y como institución después, sin embargo, pueden remontarse hasta la República romana, cuando los ciudadanos requerían de un representante en la asambleas o ante los tribunales para que defiendan sus intereses y causas judiciales.  Ya en esta época inicial, se instituyó que la representación está fundada en un mandato por el cual un individuo o mandante, confiere a ciertos poderes a otro individuo para que lo represente en su nombre y en los términos prescritos por ese mandato.  Por lo tanto, ya desde la Roma republicana, la ecuación “mandante-mandato-mandatario” es la clave formal y de contenido de la representación.

En la concepción original de la época de la Revolución Francesa, la representación se sitúa en los fundamentos del poder constituyente.  Según esta concepción, desde la nación emanan todos los poderes, pero la nación no puede gobernar como tal.  El ejercicio de la soberanía nacional pasa por la instalación de un marco constitucional escrito que define los órganos de legislación y gobierno, las autoridades judiciales que realizarán y garantizarán la libertad y la igualdad de los ciudadanos y, más generalmente, la plenitud de los derechos naturales.  Ahora bien, siempre dentro de esta visión, el poder constituyente si desea ser eficaz, debe obedecer a un principio: el de la representación.  Se trataba entonces de descartar cualquier tentación de democracia directa, que conducirían al desorden y a la impotencia, pero al mismo tiempo, conviene desconfiar del mandato particular a fin de limitar el poder de los mandatarios a las prescripciones dadas por los mandantes.  La buena representación, aquí, es aquella que acuerda un mandato general al elegido, y es a ésta condición que él puede participar utilmente en la elaboración de la voluntad nacional.  De este modo, en la óptica de la representación adoptada por la Francia revolucionaria de 1879, a la encarnación del pueblo en el cuerpo del rey, se sustituye ahora la representación de la nación en ciertos cuerpos instituidos del Estado.  En síntesis, el Estado emana de la Nación y la representa.

Durante la Edad Media y al interior de la institución eclesial, la representación siguió funcionando enclaustrada como un mecanismo adecuado en las elecciones de priores y abades dentro de los conventos.

LA REPRESENTACION MODERNA

Desde fines del siglo XVIII cuando el siglo de las Luces abrió el camino a las libertades individuales, las revoluciones americana y francesa reconstruyeron la noción de representación como un procedimiento cada vez mas institucionalizado, mediante el cual los ciudadanos confieren a algunos otros ciudadanos el mandato de representarlos políticamente.

Dice al respecto Georges Burdeau: “la representación es menos un procedimiento por medio del cual se expresa el poder del pueblo que una manera de ser de ese poder” (Burdeau, G.: LA DEMOCRATIE.  Paris, 1956. Editions du Seuil, p. 39), con lo cual pone de relieve que desde el siglo XVIII hasta el presente, la representación ha devenido una instituición que ha llegado a dominar la totalidad del poder político en los Estados y sistemas políticos modernos.  ¿No se afirma acaso que la legitimidad de un sistema político, de un esquema electoral o de un Estado, reside en su representatividad, es decir, en su capacidad para expresar institucionalmente la diversidad del cuerpo político de la nación?

Y agrega Burdeau, que “el rol de los representantes no es el de expresar una voluntad que sería pre-existente en el cuerpo nacional.  El es, según los términos que vuelven sin cesar en las obras de los teóricos franceses de la democracia, el sentido y el deseo de la nación.” (Burdeau, G., op. cit, p. 39).  Esto significa en teoría que la voluntad nacional no existe sino a partir del momento en que un acto de los representantes lo convierte en ley o en un hecho político determinado.   De aquí se desprende en la postura teórica de Burdeau, que la representación no tiene por objeto delegar a ciertos individuos el poder de interpretar la voluntad o las aspiraciones de la colectividad, sino que apunta a autorizar a ciertos órganos del Estado a decir lo que quiere la nación, a ser su voluntad y su voz, o sea, ella no realiza una transferencia de voluntad sino una declaración de voluntad.  En la idea teórica de representación hemos de considerar siempre la voluntad, como la fuerza intrínseca que proviene desde el cuerpo de ciudadanos y que sustentada en la soberanía, permite que la nación se exprese periódicamente mediante el procedimiento del sufragio, entre otros.

Ello explica que modernamente, la representación no ha estado directamente asociada a las formas democráticas de gobierno. La consecuencia fundamental que se deriva de esta concepción de la representación es que jurídicamente, el poder del pueblo todo entero, de toda la ciudadanía, se encuentra incluido dentro del órgano representativo.  Esta identidad jurídica entre la nación y sus representantes, constituye una de las claves del ordenamiento moderno de los Estados democráticos.

La representación es básica y esencialmente una delegación.  ¿No escribe acaso Montesquieu en El Espíritu de las Leyes que “…el pueblo deberá realizar por medio de sus representantes, lo que no puede hacer por sí mismo“?

Ello explica también que hay quienes afirman que la representación moderna fue concebida como un conjunto más o menos intrincado de procedimientos electivos para evitar que los ciudadanos puedan acceder directamente al ejercicio del poder, evitando arrastrar así a las instituciones al caos de las muchedumbres incontroladas.

Desde la perspectiva del voto, principal instrumento del ejercicio de las libertades políticas en la democracia, la representación aparece como una forma legitimada.  Olivier Ihl propone que “en tanto que aprendizaje de una decisión colectiva, el voto permite a un colectivo inventarse por y en su representación.” (Ihl, O.: EL VOTO. Santiago, 2004. Editorial LOM, p. 20).  O sea, desde esta óptica, el voto es un instrumento que permite constituir la comunidad de los ciudadanos y que le otorga su legitimidad, así como al sistema político que se instituye mediante este procedimiento.

La ciudadanía así en los sistemas políticos actuales, legitima las instituciones democráticas y les otorga sustentabilidad política y moral, en la medida en que está ejerciendo los mecanismos de la representación.

EL PROBLEMA DE LA REPRESENTACION DENTRO DE LAS DEMOCRACIAS REPRESENTATIVAS

Ahora, el problema adquiere una dimensión distinta cuando los ciudadanos expresan -dentro de una sociedad democrática, pluralista- que los actos de sus representantes no los representan.  La profunda y extendida crítica que los ciudadanos tienen frente al sistema político, lo tienen principalmente frente a los sistemas democráticos representativos…no perdamos de vista esto.  Cuando los ciudadanos se quejan que la política y los políticos no los representan, no sólo están aludiendo a sus aspiraciones frustradas, sino están refiriendose a las instituciones representativas dentro de una democracia.

Es probable que el problema crucial que está ocurriendo en las democracias representativas es que la representación no está funcionando adecuadamente y los representados no se sienten representados por sus representantes. 

Grave cuestión.

¿Cómo es posible que los representantes no estén representando los intereses y aspiraciones (la voluntad) de sus representados?.  Pueden existir varias explicaciones a este fenómeno.  Entre ellas, porque el mandato que supuestamente une a mandantes y mandatarios – o sea, a ciudadanos y representantes- no es perfectamente vinculante ni es completamente revocable.  El ciudadano elige cada cierto tiempo a sus representantes y ambos a continuación se desligan uno del otro en la práctica cívica cotidiana, y el representante termina actuando en el organo de poder como un ciudadano prácticamente autónomo que poco tiene que rendir cuentas a sus representados.

Esta suerte de ”desenganche” entre ciudadanos cada vez mas individualistas y representantes cada vez más alejados de los intereses de sus representados, termina por invalidar en la práctica el mandato que dio orígen a la representación.  No solo la clase política parece alejarse de las preocupaciones ciudadanas (producto de su inserción al interior de los aparatos institucionales del Estado moderno), sino que los representantes -abandonados a su libre arbitrio por la despolitización de los electores y ciudadanos- se inclinan por representar los intereses corporativos semiprivados o francamente privados que dominan en el poder político de hoy.  El mandato de la representación termina operando como un “cheque en blanco” que no puede “cobrarse ahora” sino hasta que termine el tiempo del mandato del representante, o sea en las próximas elecciones.

En el marco de la representación clásica de las democracias modernas, puede decirse que el ciudadano ha caído en una trampa política: no puede no elegir a representantes que gobiernen en su nombre, pero si los elije no podrá recuperar su mandato hasta los próximos comicios, aunque muchas de las decisiones adoptadas entretanto no sean de su agrado.¡ o vayan a contrapelo de sus propios intereses y aspiraciones ciudadanas. ¿Cómo se defiende el ciudadano de un representante suyo que, dentro del mandato que aquel le confirió, vota una ley o adopta una decisión política contraria a sus intereses?

¿Se hace necesario entonces volver al mandato?  ¿La solución al conflicto no estará en la reformulación del mandato ciudadano?

Entendemos que el mandato es una fórmula teórica y jurídica que proviene de la noción de la soberanía popular.  En el fundamento de las democracias en general y de las democracias representativas, la ciudadanía se presume dotada de un poder único, indivisible e incontrastable -como lo definía Jean Bodin en Los Seis Libros de la República.  La existencia de un poder político unificado y unificante es un dato de hecho de toda sociedad histórica y lo que caracteriza esencialmente a ese poder es la potencia soberana, es decir, la soberanía es absoluta, indivisible y perpetua. (Chatelet, F., Duhamel, O., Pisier, E.: HISTOIRE DES IDEES POLITIQUES.  Paris, 1982. PUF., pp. 32-33).

Si la soberanía reside en el pueblo, en la ciudadanía, y si en virtud de esa soberanía que le es inalienable, está dotado de un mandato, entonces el pueblo tiene el derecho a hacer suyo ese mandato, tiene el derecho de retornarlo a su libre voluntad y decidir qué hacer con él.

¿Cuáles puede ser los medios o los mecanismos a través de los cuales la ciudadanía puede volver al pleno ejercicio de su propio mandato soberano?  Mediante las instituciones de la democracia participativa.  Interesante paradoja aquella en que para “salvar los muebles modernos” de la democracia representativa, hemos de recurrir al “mobiliario antiguo” de la democracia participativa, aquella que inventaron los atenienses bajo Pericles en el siglo V, y en que la democracia no es solo gobernada, sino en que la democracia es sobre todo, gobernante.

Las instituciones y modalidades de la democracia participativa sin embargo, pueden resultar un “cuerpo extraño” dentro de las instituciones de la democracia representativa, toda vez que en ésta se presume que los ciudadanos no pueden ejercer el poder por sí mismos, sino a través de sus representantes elegidos.  Podría afirmarse entonces la hipótesis que cada vez que introducimos mecanismos participativos dentro del sistema institucional y político representativo, estamos reconociendo que esa representación no está funcionando adecuadamente. 

En el caso del parlamento o poder legislativo, la teoría de la representación asume y presume que la potencia legislativa  ha sido confiada -mediante el mecanismo del sufragio- a un cuerpo de representantes del pueblo  para que ellos legislen en su  nombre tomando en cuenta sus intereses y demandas. 

¿Qué sentido tiene entonces crear mecanismos de participación ciudadana para que los ciudadanos expresen sus demandas e intereses y las autoridades escuchen y tomen en cuenta esas aspiraciones, si esa es la función confiada precisamente a los representantes elegidos por esos mismos ciudadanos?

En una democracia representativa entonces, las diferentes formas de participación de los ciudadanos (cualquiera sea el ámbito en que dicha participación tiene lugar) son el reconocimiento explícito que la representación no está funcionando, o sea, que los representantes no están representando adecuadamente a sus representados.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

Bourdieu, P.: LA REPRESENTATION POLITIQUE. Paris, 1981. Actes de la Recherche en Sciences Sociales.

Burdeau, G.: LA DEMOCRATIE.  Paris, 1956. Editions du Seuil.

Burdeau, G.: L’ETAT. TRAITE DE SCIENCE POLITIQUE. Vol. II.  Paris, 1970. Editions du Seuil.

Chatelet, F., Duhamel, O., Pisier, E.: HISTOIRE DES IDEES POLITIQUES.  Paris, 1989. PUF.

Gaxie, D.: LA DEMOCRATIE REPRESENTATIVE. Paris, 1993.  Ed. Montchrestien.

Ihl, O.: EL VOTO.  Santiago, 2004. Ediciones LOM.

Judge, D.: REPRESENTATION.  THEORY AND PRACTICE IN BRITAIN.  London, 1999.  Routledge Eds.

Laporta, F.: SOBRE LA TEORIA DE LA DEMOCRACIA Y EL CONCEPTO DE REPRESENTACION POLITICA: ALGUNAS PROPUESTAS PARA DEBATE.  Madrid, 2008. 

Manin, B.: PRINCIPES DU GOUVERNEMENT REPRESENTATIF.  Paris, 1995. Ed. Calman-Levy.

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La silenciosa migración de las expectativas

En el curso de los recientes años de este inicio del siglo XXI, observamos en Magallanes el despliegue de nuevos fenómenos migratorios.  Las recientes declaraciones del Alcalde de Punta Arenas Juan Morano Cornejo al diario  El Magallanes del domingo 4 de mayo, deja abierta la discusión para reconsiderar desde nuevas perspectivas un viejo fenómeno que no alcanza a constituirse hoy en un problema, pero que pudiera repercutir en el futuro sobre el desarrollo de la región.

Lo esencial como fenómeno es que estamos asistiendo a nuevas oleadas migratorias que llegan a Magallanes movidos por una suerte de multiplicación de las expectativas.  En efecto, las bajas cifras de cesantía, los altos niveles de inversión pública y privada, la influencia de los medios de comunicación y la imagen pública externa que ha ganado Magallanes como una región donde hay trabajo, buenas remuneraciones y se progresa, tienen que ser considerados como los factores principales de motivación para que silenciosamente estén llegando a esta zona jóvenes migrantes provenientes de las regiones del sur de Chile y de las zonas más afectadas por la cesantía y el bajo nivel de crecimiento, en busca de nuevas expectativas y oportunidades.

¿Cómo vamos a recibir a estos compatriotas?  ¿Cómo están siendo recibidos en Magallanes hoy?

No basta con que los nuevos flujos migratorios aparezcan movidos en el marco de las liberales leyes del mercado, las que son absolutamente insuficientes para determinar movimientos profundos de población con una intención de poblamiento y radicación.  ¿No estamos viendo en estos días que una empresa constructura ha despedido a más de 60 trabajadores en Punta Arenas, pero ha anunciado al mismo tiempo a los despedidos, que van a buscar contratar a trabajadores provenientes de otras regiones, bajo el argumento de la falta de especialización de esos obreros?  ¿No nos basta todavía el ejemplo desastroso de una empresa textil instalada en Tierra del Fuego, que ha estafado al Fisco por millones de pesos con el “gentil auspicio” de la Ley Navarino y ha tenido que cerrar sus instalaciones, dejando literalmente en la calle a un buen número de trabajadores, algunos de los cuales han tenido que regresar desde Porvenir a sus regiones de orígen? 

Un reciente estudio elaborado por el sociólogo Javier Ruiz y titulado “Estudio Básico Investigación sobre el comportamiento migratorio de la población de la XII Región de Magallanes”, bien puede constituirse en la base para nuevas investigaciones y estudios de campo que caracterizen estas corrientes migratorios de las que somos región de destino y también región de salida.   Magallanes, histórica y territorialmente ha sido siempre un gran espacio de pasaje de corrientes migratorias, hacia y desde Chile, hacia y desde otras regiones del mundo.  Las migraciones y el trabajo forjaron esta región.

El Estado y las municipalidades tienen hoy la posibilidad de emprender políticas proactivas para absorver adecuadamente esta nueva “presión migratoria”, ofreciendo oportunidades de radicación y trabajo, de educación y capacitación, para integrar nuestra fuerza de trabajo con el aporte de nuevos técnicos y profesionales.

La experiencia de fines del siglo XIX debiera servirnos de lección.  Cuando el Estado promovió corrientes migratorias reguladas, con políticas claras y medidas propicias de estímulo a la migración productiva y a la radicación y el poblamiento (como sucedió desde los Gobiernos liberales de 1860 en adelante), el aporte migratorio contribuyó eficazmente al desarollo de Magallanes, pero cuando el mercado (la ciega e invisible mano del mercado, que solo alcanza a ver por la rendija de la caja de fondos…) fue dejado a su libre arbitrio, los migrantes chilenos y extranjeros cayeron en manos de inescrupulosos que vendían ilusiones a un costo humano demasiado alto, como sucedió con la espectacular como inútil fiebre del oro en Tierra del Fuego a fines del siglo XIX.  

MANUEL LUIS RODRIGUEZ, Cientista Político.

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