Ciudadanía y Ciencia Política en los inicios del siglo XXI

PRESENTACION

Este ensayo aborda y propone un enfoque politológico innovador que pretende dar cuenta de los cambios sociales y culturales que han ocurrido en nuestra sociedad, y reenfoca el objeto de la Ciencia Política, a partir de la ciudadanía como sujeto esencial y fundacional del sistema político e institucional.

Punta Arenas – Magallanes, agosto de 2009.

Manuel Luis Rodríguez U.

LOS OBJETOS INSTITUCIONALES DE LA CIENCIA POLÍTICA

La ciencia política ha construido sus categorías de análisis y sus definiciones conceptuales sobre la base de los procesos, instituciones y sistemas desde los cuales se ejerce el poder político.  Es necesario reconocer que el fundamento epistemológico de la Ciencia Política en el siglo XX y en sus orígenes en el siglo XIX, ha sido el poder y la política como edificios institucionales en los que se organiza.

Las distintas escuelas de pensamiento que han dado forma a nuestra disciplina, han elaborado conceptualizaciones en las que la política y el poder político comienza y se establece bajo la forma de instituciones y estructuras.  El sujeto del ciudadano subyace en todas las grandes elaboraciones políticas de la Antigüedad y de la Edad Media, pero no aparece hasta después del Renacimiento, cuando Maquiavelo y los realistas italianos y franceses descubren el Estado como orden político al cual se sujetan los individuos para realizar sus fines e intereses.

Una Ciencia Política de las instituciones

Jean Leca afirma que “el universo político releva de un tipo de relaciones y no de ciertos hechos.  El problema fundamental es entonces apreciar la densidad de lo político que se puede encontrar en una relación social para devenir una relación política.” ([1])  A contrapelo de esta concepción, la ciencia politológica pudo desarrollar a lo largo del siglo XX un dominio de tópicos, un campo semántico y un espacio de reflexión e investigación –propios de su madurez como disciplina distinta de las demás Ciencias Sociales- que incluyen el poder, el Estado, la acción gubernamental, la estructuras, las fuerzas e intereses, las ideas y las aspiraciones, y las relaciones políticas.

Pero volvamos al ciudadano.

El tópico del ciudadano aparece sin embargo en la reflexión política de la Modernidad, a partir de la revolución americana y la revolución francesa (a fines del siglo XVIII), como una ficción jurídica y política radicada en un individuo libre, consciente y racional, dotado de ciertos derechos y sobre el cual recae la soberanía de la nación.

Las grandes revoluciones del siglo  XIX que derribaron los imperios coloniales, sin embargo, vinieron a ocasionar en las clases dominantes un terror pánico frente a las masas ciudadanas, ante esas temibles multitudes de ciudadanos en camino de exigir sus derechos y de materializar su nueva conciencia de  hombres libres.  Las repúblicas censitarias y las repúblicas oligárquicas del siglo XIX e inicios del siglo XX fueron el resultado del choque social y político entre las nuevas formas de ciudadanías y los viejos sistemas de poder político y dominación económica y social.

La Ciencia Política entonces –aun en proceso de construcción conceptual- solo podía dar cuenta de un orden político (burgués esencialmente) contra el cual chocaban una y otra vez las masas ciudadanas, como un edificio político amenazado por una ciudadanía a la cual aun no se le reconocía su condición fundante, deliberante y constituyente.

Este enfoque ha dado como resultado una Ciencia Política cuyo edificio conceptual (como la incierta imagen platónica en el fondo de la caverna) refleja el edificio institucional de la política que estudia, dejando de lado u olvidando la base de esa construcción que son los ciudadanos.  Esta parece haber sido una Ciencia Política construida a imagen y semejanza del orden político existente, pero visto desde la perspectiva óptica de las instituciones y las estructuras en las que se articula, pero no desde el ciudadano y desde la ciudadanía en cuyos fundamentos se supone debiera estar.

UNA CIENCIA POLITICA CENTRADA EN LA CIUDADANÍA Y EN EL CIUDADANO

Otra ciencia política podría decirnos, cómo se percibe y se experimenta la política desde la perspectiva de los ciudadanos, cómo la ciudadanía –como condición y como forma de relación- elabora, racionaliza y experimenta el poder y la política.

Se trata de un cambio copernicano, de una inversión de roles y de enfoque, una mutación completa y necesaria de la óptica desde la cual la disciplina politológica puede analizar su objeto de estudio.

El nuevo objeto de estudio sigue siendo el poder, las instituciones, las ideas y las prácticas políticas, pero el punto de vista que se adopta para entenderlas y comprenderlas, es la ciudadanía, es decir, aquellos individuos situados –metafóricamente hablando- en la base de la pirámide del poder y del Estado, o sea, en sus fundamentos.

Una lectura crítica al concepto de ciudadanía, desde el siglo XXI

El objeto de estudio “ciudadanía” ha sido históricamente abordado desde distintas perspectivas, desde el punto de vista filosófico, desde una óptica histórica, sociológica y jurídica. Ciertamente, cuando hablamos de ciudadanía hacemos referencia a una cuestión moderna, es decir, a una categoría de análisis que encuentra sus fundamentos en los autores que surgen en la Modernidad occidental y que se interrogan acerca de este sujeto político sobre el que recaen una suma de atributos y de facultades.

Podemos decir que la ciudadania, abordada desde un punto de vista politológico es, a la vez, una condición y una relación.

En tanto condición, la ciudadanía constituye un conjunto de derechos y deberes en el marco de un orden político que se constituye sobre la base del poder soberano y constituyente que le pertenece.   La condición ciudadana es atribuida por el orden político mediante la ley, en función de la pre-existencia de ciertos derechos que se le estipula inherentes.

La república, al constituirse o independizarse, da cuenta de un pacto o contrato social anterior al orden político mediante el cual la ciudadanía, o sea, la nación dotada de un poder constituyente, confiere a algunos de sus conciudadanos, el mandato de representarlos en el ejercicio del poder político.

La constitución de la ciudadanía en las democracias modernas, es un momento político y jurídico en el que este cuerpo de individuos materializan el poder constituyente que les pertenece, constituyen el Estado y otorgan al gobierno y a sus representantes el mandato suficiente y necesario para que ejerzan el poder.

En la realidad presente sin embargo, habida cuenta la creciente complejización del poder y de su ejercicio, y de la permanencia de las instituciones representativas, la ciudadanía aparece subsumida al interior de un orden político y de un Estado que “ya no le pertenece”, que ya no controla, ni administra ni gobierna, dando paso en su reemplazo a una clase política y gobernante experta y profesionalizada que se constituye –in-extremis- en una casta de y en el poder, y otorgando a la ciudadanía solo ciertos momentos y espacios reducidos y acotados de “participación”.  ([2])

En tanto relación, la ciudadanía constituye un modo de vinculación del individuo con sus iguales ciudadanos y con el orden político y el Estado dentro del cual se sitúa.  Como forma de relación, la ciudadanía implica y construye un conjunto de obligaciones mutuas del ciudadano con los demás ciudadanos y con el Estado, pero cuyo fundamento relacional sigue siendo el poder soberano y constituyente que le es inherente.

La ciudadanía no surge sin embargo como obra espontánea de un dictado legal o de una invención jurídica, aunque debamos reconocer que se trata inicialmente de una ficción jurídica y política.   El orden político moderno y el Estado tal como lo conocemos en la actualidad, se construyen en base a esta ficción-real.

Ciudadano, ¿quién eres y dónde estás?

Veamos quién es y dónde está ese ciudadano.

Volvamos al concepto de la ciudadanía como ficción.  En efecto, desde las definiciones teóricas de Rousseau, pasando por Montesquieu y otros autores del siglo XVIII y XIX, se ha venido configurando una idea, una pre-noción del ciudadano como un sujeto de derechos, dotado de libertad y de voluntad, de la razón y de una capacidad de autodeterminación que le permite juzgar racionalmente las opciones que el orden político le presenta para decidir.

De una manera general, el ciudadano es una persona que releva de la autoridad y de la protección del Estado y que se beneficia de derechos cívicos y de deberes ante el Estado. Cada ciudadano ejerce a su manera la ciudadanía tal como ella está establecida en las leyes e integrada en el conjunto de las costumbres de la sociedad a la que pertenece.

De este modo, la ciudadanía es un componente de las relaciones sociales.

Es en particular, la igualdad de derechos asociada a la ciudadanía la que funda el vinculo social en la sociedad democrática moderna.  Los ciudadanos de una misma nación forman una comunidad política.

Tenemos entonces según esta concepción, un sujeto ciudadano racional, autodeterminado, consciente y libre para decidir.

Pero, ¿dónde está ese ciudadano?

Cuando se observa el orden político moderno -y postmoderno si se quiere- constatamos un sistema político, o un sistema político democrático en que los grandes órganos del Estado, las grandes estructuras de poder del Estado, aparecen y funcionan determinadas por un conjunto de intereses corporativos y económico-políticos que dejan al ciudadano prácticamente al margen de las decisiones.

El edificio conceptual que define al ciudadano y a la ciudadanía como la expresión fundamental de una democracia en la que se realiza el interés general por sobre los intereses particulares, se viene abajo en la época de las grandes corporaciones globales y de la mundialización de los intercambios.

El principio de la representación sometido a prueba

Aún en el marco de las democracias representativas que son la mayoría de los sistemas políticos vigentes en la actualidad, la ciudadanía aparece dotada de ciertos derechos cívicos, políticos, económicos y sociales (por lo menos inscritos formalmente en las constituciones y en el sistema jurídico), pero finalmente, hay que constatar que los ciudadanos resultan ausentes sino ajenos a los procesos de toma de decisiones de los asuntos públicos que les conciernen, ya sea porque han conferido un mandato a ciertos representantes ([3]), ya sea porque la administración de los asuntos públicos ha terminado en manos de una categoría especializada de funcionarios, políticos y profesionales.

Las democracias representativas, han sido construidas sobre la base conceptual de que la ciudadanía, titular del poder soberano y constituyente, confiere a algunos ciudadanos un mandato provisorio mediante el ejercicio democrático y periódico del sufragio, para que los represente dentro del orden político y ejerzan el poder y el gobierno.

En otras palabras, las democracias representativas se basan en la figura del mandato representativo, emanado de la ciudadanía (único sujeto cívico que puede otorgarlo), pero que ésta conserva siempre y en toda circunstancia el poder constituyente que funda la república y el orden político.

Pero, volvamos un instante al poder soberano y constituyente de los ciudadanos.  Ellos, constituidos en el cuerpo político de la nación, están dotados de un poder final y determinante, de un poder primigenio e inalienable: el de determinar la naturaleza del orden político en el que aceptan vivir y al que aceptan someterse.  No hay necesidad de reiterar que en primera y ultima instancia, el poder constituyente de la nación no tiene ningún otro poder que lo prime o determine, del mismo modo que la soberanía nacional expresada y representada por el Estado, no puede verse sometida ni condicionada por ningún otro poder externo o interno.

Pero, ¿qué sucede cuando la soberanía nacional se ve condicionada y determinada por poderes externos de carácter económico, tecnológico, corporativo, político y cultural?   ¿Qué sucede cuando el interés general de la ciudadanía o de la nación, se ven determinado, limitado, atropellado o sojuzgado por intereses privados y corporativos que se apropian de las decisiones en el sistema político e institucional?

Con una ciudadanía despolitizada, alienada y descentrada del orden político, en una sociedad mercantilizada, individualista e hipermediatizada, no hay mandato representativo que no termine chocando frontalmente con una concepción del ciudadano que lo concibe como un  sujeto racional, consciente y libre para ejercer sus derechos y deberes.

En estos términos, la ciudadanía es conceptualmente el fundamento de la democracia y de la república.

Dos principios subyacen en la condición ciudadana, la igualdad y la soberanía nacional, y “la consecuencia lógica del principio de la igualdad es la democracia y la consecuencia lógica del principio de la soberanía nacional es la república” ([4])

Un nuevo ciudadano en un nuevo orden político y social

Es fácil constatar que América Latina va dejando atrás la matriz cultural y política  que construyó su lenguaje, su memoria, su cultura. ([5]) Dicha matriz la reconocemos en la lecto-escritura, entendida como sistema de retenciones terciarias o registros, la misma que originó nuestro orden simbólico, político y social: “la ciudad letrada”. Las nuevas coordenadas políticas y tecno-económicas en el actual capitalismo tardío y globalizado han dado origen a una suerte de “hiper industria cultural” de alcance planetario y se encaminan hacia un nuevo orden político.

Las democracias representativas tradicionales resultan cada vez más insuficientes para dar respuesta a estos nuevos desafíos ciudadanos y mas estrechas para contener y dar sentido político y cohesión social a estas nuevas formas de ciudadanía que emergen.

En efecto, los lenguajes digitales han hecho posible que los flujos de capital y de conocimientos e información sean ahora flujos simbólicos, los que a su vez están sincronizados en tiempo real con los flujos de conciencia de públicos hipermasivos.

Es posible sostener la hipótesis que las nuevas tecnologías numéricas inherentes a la expansión global del capitalismo tardío están transformando los fundamentos de nuestra cultura, desestabilizando los sistemas retencionales terciarios, inaugurando con ello una “nueva experiencia” de los lenguajes (signo y memoria), el espacio y el tiempo (desterritorialización), representación de la realidad (virtualidad) y un nuevo estatuto del saber y del poder: “la ciudad virtual”.

En un mundo en que la reproducibilidad se ha convertido en una práctica social generalizada, de bajo coste y sin perdida de señal, gracias a las tecnologías numéricas, adviene la hiperreproducibilidad y con ella la hiperindustrialización de la cultura, del saber y de los intercambios. En pocas palabras: En la era de la hiperindustria cultural, América Latina está transformando su régimen de significación que la acompañó por más de cinco siglos, constituyendo, de hecho, la nueva cuestión central de la política y la cultura entre nosotros, en la hora actual.

Los nuevos ciudadanos serán nativos digitales, es decir, tendrán una capacidad y una disposición a acceder y a apropiarse de las tecnologías de la información y las comunicaciones, en términos tales que todos los sistemas políticos y administrativos basados en el secreto informacional, en la verticalidad de la autoridad superior y en los procesos cerrados de toma de decisiones, resultarán cada vez más cuestionados por la creciente demanda ciudadana de transparencia, de información abierta y de participación protagónica en las decisiones relativas a los asuntos públicos.


[1] Grawitz, M.: Méthodes des Sciences Sociales. Paris, 1990.  Dalloz, p. 319.

[2] Cuando el más reciente y completo estudio politológico efectuado en América Latina se titula “La democracia en América Latina: hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos”, está reconociendo que estas democracias representativas han terminado funcionando lejos de su fundamento ciudadano.  Ref.: La democracia en América Latina: hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos. B. Aires, 2004. PNUD Naciones Unidas.

[3] …mandato que, dicho sea de paso, no garantiza de ninguna manera que los representantes representen efectivamente el interés general de sus representados, o sea de la ciudadanía…

[4] Aulard, A.: Histoire Politique de la Revolution Francaise. Paris, 1901. Libr. Armand Collin, p. 5.

[5] Garretón, M.A.: América Latina en el siglo XXI. Hacia una nueva matriz sociopolítica. Santiago, 2004. Ed. LOM.

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